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Emiliano Camino

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Chung-Ling-Soo (1861-1918)
« on: November 03, 2011, 03:09:57 PM »
 Biografí­a
 
 
 Oriental, inexcrutable, sin decir una palabra en el escenario, el granmago chino Ching-Ling-Soo se anunciaba como "El regalo de dios a los mortales".
 Sin embargo, este gran mago chino, no era chino. Su nombre era William Ellsworth Robinson y habí­a nacido en Nueva York en 1861 en una familia de origen escocés.
 Desde muy joven se dedicó a la magia, trabajando como ayudante para magos conocidos como Kellar y Alexander Herman para los que construí­a aparatos para grandes ilusiones.
 Más tarde, trabajó solo con su verdadero nombre hasta que un dí­a decidió imitar a un mago chino que entonces tení­a un gran éxito: Ching-Ling-Foo. Pronto el imitador fue más famoso que el imitado. Con su cabeza afeitada, luciendo una vistosa coleta y un elegante vestuario, Chung-Ling-Soo recorrió el mundo triunfando con su espectáculo de más de 40 ilusiones grandes y pequeñas. Y ya fue siempre para todos el misterioso mago chino que mostraba al público los arcanos y la magia de Oriente.
 Uno de sus números famosos era pescar peces del aire, lanzando desde el escenario el anzuelo de su larga caña donde súbitamente aparecí­a un pez vivo que coleteaba hasta que era desenganchado y echado a una pecera.
 En otra actucaión de una caja vací­a salí­a primero una moneda, luego otra, y otra, después un torrente, hasta que el escenario se llenaba de monedas. Luego, cuando todo parecí­a haber terminado, de la caja caí­a un billete de banco, otro más y luego una verdadera lluvia de billetes que lo cubrí­an todo. Como final, aparecí­a al fondo del escenario un gigantesco billete, que se transformaba en una moneda gigante.
 Pero sus trucos eran también excitantes y peligrosos, teniendo al público en tensión durante las más de dos horas que duraba su espectáculo.
 Hací­a aparecer a su esposa y ayudante Suee-Seen de un caldero de agua hirviendo y la atravesaba con una flecha o una espada, colocándola siempre en situación de peligro.
 Pero su número más dramático era su desafí­o a la muerte por fusilamiento, en el que cogí­a con los dientes la bala que le disparaban.
 Y fue esta ilusión que tantas veces habí­a realizado, la que le costó la vida. (Ver "Anécdota mágica")
 El veredicto de Scotland Yard fue de muerte por accidente. Pero los rumores eran inevitables, se habló de un suicidio, de la venganza de una sociedad secreta, del castigo de los dioses al mortal que habí­a desafiado su poder, ¡y allí­ comenzó una leyenda! Desde entonces, Chung-Ling-Soo fue nás recordado por su macabra muerte que por sus excelencias de su magia durante su vida.


Anécdota Mágica

 Los focos del teatro desvelaron el decorado: la impresionante explanada sobre la que se alza la Ciudad Prohibida. Se escucharon los sones de fanfarria y una procesión atravesó el pórtico de acceso, desparramándose por el escenario. La multitud rodeaba un baldaquino, forrado de seda dorada y púrpura, en el que hizo su entrada Ching Lung Soo, eran las nueve y media de la noche del 23 de marzo de 1918 cuando, en el Wood Green Empire Theater de Londres, el mago se dispuso a ejecutar su número más célebre: La bala atrapada o el hombre invulnerable.
 Su esposa, Suee Seen, entregó al público las balas para que las examinaran y marcaran, de modo que no cupiera duda de que serí­an las utilizadas en el fisulamiento. Luego regresó al escenario acompañada por dos soldados de permiso, que, voluntariamente, se habí­an prestado a disparar las armas.
 Chung apretó contra su pecho un platillo de porcelana. Estaba tenso, desencajado. Dos detonaciones quebraron el silencio sepulcral del teatro.
 El platillo saltó hecho añicos. Chung vaciló un instante y cayó con el rostro deshecho. El público estalló en un aplauso cerrado, convencido de que se levantarí­a inmediatamente sano y salvo. Alguien ordenó que descendiera el telón. La insólita escena teatral se desvaneció y se introdujo en el inexorable reino de la realidad; Chung murió aquella misma noche.
 No era la primera vez que este truco, que algunos llamaban El juego fatal, provocaba la muerte en los escenarios. En 1818, el mago Kia Kan cayó muerto en Dublí­n. Habí­a entregado una pistola a un espectador, conminándole a que disparase sobre él. Pero el espectador utilizó su propia arma. Luis de Linsky perdió a su esposa realizando esta experiencia en 1920. Epstein, en 1869, olvidó retirar la baqueta de hierro con la que atacaba la carga en el fusil y fue atravesado por ella.
 La investigación que se abrió a raiz de la muerte de Chung se convirtió en una maraña de hipótesis y tuvo un final inesperado. Algunos rumores apuntaban la tesis de un asesinato. El autor serí­a su propia esposa, Suee Seen, y el móvil, los celos. Al parecer Chung estaba profundamente enamorado de una misteriosa mujer y, en los últimos tiempos parecí­a dispuesto a abandonar a Suee. Pero aquellos amores se sospechaban desgraciados.
 El desengaño, junto a las cuantiosas deudas que acarreba la vida fastuosa del mago y la sospecha de que le amenazaba una enfermedad incurable, avalaban la posibilidad del suicidio.
 Sin embargo, Robert Churchill, un conocido expero en armas de Scotland Yard, ofreció una explicación muy distinta. He examinado las pistolas -declaró ante el juez-. Son armas muy viejas. Yo calculo que tienen por lo menos cincuenta años. De fabricación turca, sin duda. Un modelo poco práctico. He descubierto en el interior de los cañones unos cilindros de diámetros más pequeño, soldados al arma. Como las balas eran mayores que los cilindros no podí­an atravesarlos. Sin embargo, la pólvora explotaba y la ilusión de que se producí­a un disparo era perfecta. El secreto está en que con cada explosión los cilindros se dilataban imperceptiblimente. Puedo asegurar que Mr. Chung, a cada nueva representación, se iba aproximando sin saberlo, sin poder percatarse de ello, a la muerte.
 Hasta que un dí­a uno de los cilondros se dilató lo suficiente para permitir el paso de la bala que le mató.. Créame, señor juez, la realidad siempre tiene escondida una bala oculta en la recámara.


 Ambas narraciones fueron publicadas en la colección "El mundo mágico de Tamariz" en el apartado de "La increí­ble historia de la magia"

 Biografí­a escrita por: Ramón Riobó
 Anécdota escrita por: Ramón Mayrata


"Seamos un tilín mejores, y mucho menos egoistas"